En nombre de la Junta Directiva de la SEAF, tengo el deber de comunicar a los Socios la triste noticia del fallecimiento del Profesor Doctor Domènec Campillo Valero (12-11-1928/17-4-2021), nuestro mentor y amigo.

El Profesor Campillo ha sido la gran figura indiscutible de la Paleopatología española durante más de medio siglo. A él se debe la introducción de la disciplina aquí y con él se han formado la práctica totalidad de paleopatólogos españoles, de tal modo que su figura que hoy nos falta ha sido el referente internacional de nuestros avances científicos y la guía para investigadores noveles que se acercaban a este campo, hoy tan prestigioso.

Cuando se creó el Área de Antropología Física en la universidad española ya no se podía discutir que la Paleopatología era uno de los descriptores, pues resulta un puntal obligado para conocer el devenir de las sociedades antiguas y sus estados de salud y enfermedad. Y esa presencia solo fue posible gracias a la labor de muchos años del doctor Campillo.

Era médico, con todo lo que ello significa de humanismo y servicio a los demás, y junto a ello tenía una gran cultura; reunió tantas facetas que bien se puede hablar que era un personaje renacentista en el mejor sentido, ya que fue un conocedor entusiasta de la historia, de la arqueología, de la literatura, de la música y de la fotografía, con quien se podía debatir horas y horas con verdadero placer, todo ello animado por su sentido del humor.

Recorrió distintos servicios hospitalarios y recaló al fin en la especialidad de Neurocirugía, en la que desarrolló su trabajo hasta que le llegó la jubilación; al mismo tiempo se interesó por la Historia, en concreto por la Historia de la Medicina, donde ya asentó sus amplios conocimientos en el origen y evolución de las enfermedades, terreno que ha sido su más intensa ocupación y donde ha transmitido resultados más brillantes.

A los que nos acercábamos a él para aprender nos resultaba sorprendente su enorme capacidad de trabajo y de enseñar, una vocación que tuvo muy arraigada y supo transmitir siempre, de tal manera que hoy, cuando la Paleopatología ha alcanzado su mayoría de edad, es necesario reconocer su magisterio que ha dejado huella en todos nosotros.

Pero aun siendo mucho, sobre  ello destacó siempre su vertiente humana y su inmensa generosidad, sin límites. Ayudó a todos, corrigió a muchos, riñó también con algunos, pero en todo momento fue un apoyo honesto, desprendido como pocos y de una lealtad a toda prueba. Cuando alguien le solicitaba una opinión, un libro, una fotografía de algún caso patológico, respondía con un aluvión de información y entregaba todo lo que tenía sin reserva. Era muy vehemente y defendía sus ideas con fuerza, pero nunca, ni un solo momento,  dejó de lado su concepto de la amistad que estuvo siempre por encima de cualquier cosa.

 

Puedo dar fe de ello como persona que ha tenido el privilegio de poder compartir con él muchos avatares científicos y personales. Recuerdo que estuvimos en radical desacuerdo por un asunto de un simple hueso y cada vez que nos encontrábamos en mi casa o me acogía en la suya nos decíamos: de eso no vamos a hablar. Y nunca hubo resquemor por ello.

Yo tuve el honor de ser designado para pronunciar su laudatio en la universidad con motivo de su jubilación, algo que agradeceré siempre porque disfruté de la oportunidad de poder decirle ante todos sus amigos parte de lo que le agradecía y lo que le admiraba.

Quiero hacer mías sus palabras finales en una dedicatoria que me regaló:

…. que el mes important es poder-me sentir honorat gaudint de la seva sincera amistat

Hoy lloramos la pérdida de un caballero, un Maestro y un amigo. Domenèc, descansa en paz.

 

Miguel C. Botella